
En un giro inesperado, el gobierno de Estados Unidos anunció ayer un compás de espera de 30 días en la implementación de las sanciones arancelarias firmadas por el presidente Donald Trump el pasado 1 de febrero. La medida, que inicialmente buscaba imponer aranceles adicionales a las importaciones de China, México y Canadá, ha generado una ola de incertidumbre en los mercados globales y tensiones con los principales socios comerciales de Washington.
La decisión de Trump, enmarcada en su lema "Make America Great Again" (MAGA), incluye un arancel del 10% adicional a las importaciones chinas y un 25% a los productos provenientes de México y Canadá, con excepción del petróleo y sus derivados canadienses, que tendrían una tasa del 10%. Aunque los aranceles a China eran esperados, la inclusión de México y Canadá, socios clave en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (USMCA), sorprendió a los mercados.
La medida, justificada bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), fue presentada como una respuesta al tráfico de fentanilo y otros supuestos conflictos migratorios y comerciales. Sin embargo, ha sido criticada por debilitar el sistema multilateral de comercio y la credibilidad de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
El lunes, las bolsas globales abrieron en terreno negativo, reflejando un aumento en la volatilidad. Aunque lograron recuperarse parcialmente hacia el cierre, los analistas advierten que la extensión de los aranceles a México y Canadá incrementó la aversión al riesgo. El Fondo Monetario Internacional (FMI) también alertó que estas medidas podrían reavivar presiones inflacionarias en Estados Unidos, complicando la política monetaria de la Reserva Federal.
El fortalecimiento del dólar y la depresión de los precios de las materias primas, consecuencia de esta incertidumbre, afectan directamente a economías emergentes y exportadoras como Argentina. Para México y Canadá, cuyas economías dependen en un 70%-75% de las exportaciones a EE.UU., los aranceles representan un desafío enorme.
Para Argentina, el impacto de esta nueva guerra comercial podría ser claramente negativo. La volatilidad financiera y la aversión al riesgo global complicarían el acceso del país a los mercados internacionales de deuda, justo cuando busca fortalecer sus reservas y cumplir con las promesas de liberalización económica del presidente Javier Milei.
Un dólar fortalecido y la posible cautela de la Fed en reducir tasas de interés incrementan el costo del financiamiento externo, un factor crítico para un país con alta dependencia de capitales internacionales. Además, la baja en los precios de los commodities potencia el golpe a una economía exportadora como la argentina.
En el plano comercial, el debilitamiento del multilateralismo y la OMC reducen la capacidad de economías menores como Argentina para negociar en igualdad de condiciones. Aunque el país no está directamente afectado por los aranceles, cualquier decisión que implique priorizar vínculos con China o Europa podría generar fricciones con Washington.
En medio de este escenario desafiante, una posible suba en el precio del petróleo Brent, impulsada por la incertidumbre global, podría representar una oportunidad limitada para Argentina. Sin embargo, esta ventaja podría desaparecer si Trump cumple su promesa de aumentar la producción energética estadounidense para bajar los precios.
En un contexto donde las reglas del comercio global están en jaque, Argentina enfrenta el desafío de avanzar en sentido contrario al proteccionismo, fortaleciendo sus lazos regionales y globales sin importar ideologías. La clave estará en aprovechar las oportunidades que surjan en un escenario de creciente incertidumbre, mientras se prepara para navegar las turbulencias que Donald Trump parece decidido a llevar al mundo.