por Redacción Mendoza Económico
La primera vuelta presidencial en Chile dejó expuestas tensiones que venían acumulándose desde hace más de un ciclo electoral. El estrecho triunfo de Jeannette Jara, candidata del oficialismo, no logró instalar la idea de un liderazgo consolidado, sino que reveló las dificultades del gobierno para ampliar su base en un contexto signado por la dispersión ideológica y el desencanto ciudadano. Con un 26,85% de los votos, Jara quedó por debajo de lo proyectado y enfrenta ahora un balotaje en el que deberá disputar terreno en franjas del electorado que le resultan esquivas.

José Antonio Kast, segundo en la elección pero favorito para quedarse con la presidencia en el balotaje
El dato más relevante de la jornada, sin embargo, fue la consolidación decomo referente de un bloque de derecha que logró unificar fuerzas rápidamente tras los resultados. Su performance, sumada al crecimiento de su coalición en la elección legislativa, lo sitúa como un contendiente con una arquitectura política sólida. Kast, que quedó a apenas tres puntos de la postulante oficialista, llega a la segunda vuelta con apoyo explícito de figuras del mismo espacio, fortaleciendo la idea de una derecha cohesionada y con un liderazgo central.
El avance del sector no puede comprenderse sin observar la irrupción de Franco Parisi y su fuerza política, que con casi el 20% de los votos y 14 escaños proyectados se convirtió en un actor decisivo. Su caudal, no obstante, no parece fácilmente transferible: el economista evitó dar señales de respaldo a los finalistas y apeló al voto autónomo, dejando abierta una disputa intensa por un electorado que no se identifica con los polos tradicionales.
En ese marco, Jara enfrenta el desafío más complejo. Su condición de militante del Partido Comunista —en un momento donde las etiquetas ideológicas suelen ser utilizadas como herramientas de polarización— se ha convertido en un argumento recurrente de sus adversarios. La candidata ha intentado instalar un mensaje de moderación y construcción de una coalición amplia, aunque no está claro que esa estrategia pueda permear en sectores que se alejaron del oficialismo durante la primera vuelta.
La derecha, por su parte, logró traducir en capital político la fragmentación inicial del espacio opositor. Evelyn Matthei, Johannes Kaiser y otros referentes presentaron su apoyo a Kast de inmediato, cerrando filas en cuestión de horas. La recomposición parlamentaria —que llevó al sector de Kast de 14 a 32 diputados— profundiza la percepción de una derecha reorganizada, con capacidad de sostener un eventual gobierno con mayor respaldo legislativo.
La campaña hacia la segunda vuelta se inscribe en un clima de polarización, con referencias históricas que remiten tanto al gobierno de Salvador Allende como a los debates persistentes sobre la dictadura militar. La disputa entre un progresismo que busca presentarse como racional y una derecha que reivindica ideas de orden y autoridad vuelve a dominar la escena pública, en un entorno regional marcado por el avance de liderazgos disruptivos.
Chile se aproxima al balotaje con una ciudadanía que se debate entre dos visiones contrapuestas de su futuro político. El lema nacional, “por la razón o la fuerza”, adquiere nueva resonancia en un momento en que la definición electoral marcará no solo el rumbo del país, sino también su posición en una región atravesada por modelos polarizantes. El 16 de diciembre, más que elegir un presidente, Chile pondrá en juego el modo en que desea ser interpretado en un mundo que se reconfigura aceleradamente.