por Redacción Mendoza Económico
El arranque de 2026 se perfila, sin eufemismos, como un verdadero banco de pruebas para la administración actual. Tras dos años de gestión, el margen para el ensayo y error se ha estrechado y las herramientas de política económica se someten a un test de estrés definitivo. La descripción del escenario es válida tanto para el programa financiero, que enfrenta vencimientos exigentes, como para la estrategia monetaria y cambiaria, cuyo norte es que el Banco Central logre adquirir divisas a un ritmo equivalente al 5,0% de las operaciones del mercado oficial.
Este “escenario base”, que implica compras netas por unos 10.000 millones de dólares en el año, choca de frente con una realidad insoslayable: el nivel de actividad se ha amesetado desde el segundo trimestre del año pasado y la mayoría de los indicadores productivos cerraron el 2025 en terreno negativo. Así lo analiza el último informe de la Fundación Mediterránea bajo el título “La política económica, en el banco de pruebas”.
La encrucijada es evidente. Para la Casa Rosada, el objetivo de recuperar el nivel de actividad se ha vuelto tan crucial como el de acumular reservas internacionales. Sin embargo, la dinámica reciente sugiere que los motores de la economía real están fallando.
La desaceleración queda retratada con crudeza en la recaudación impositiva: el IVA neto cerró diciembre de 2025 con una caída interanual del 6,0% en términos reales, mientras que los despachos de cemento al mercado interno retrocedieron un 1,2% en la misma comparación. Aún más alarmante es el desplome en la fabricación de automóviles, que registró una merma del 30% interanual en el último mes del año.

En este contexto de frialdad productiva, la industria enfrenta dificultades estructurales para superar el 60% de uso de su capacidad instalada, un nivel que se ubica casi diez puntos porcentuales por debajo de anteriores procesos de recuperación cíclica. Este dato no es menor, pues sugiere que una fracción importante del aparato productivo ha dejado de ser competitiva en una economía más abierta, ya sea por precios o por rezago tecnológico, en lo que podría interpretarse como un doloroso cambio estructural.
El gobierno ha puesto en marcha desde el 1 de enero un esquema de bandas cambiarias modificadas, con la intención de salir del estancamiento sin resignar el control de los precios. No obstante, la batalla contra la inflación presenta resistencias: el índice de precios al consumidor demora en perforar el piso del 2,0% mensual, lo que limita la efectividad del “arrastre estadístico” para el nuevo año.
El diseño del nuevo régimen, donde el techo de la banda cambiaria se indexa en función de la inflación pasada, introduce complejidades adicionales. Esta mecánica amenaza con complicar la curva de tasas de interés y dificulta la extensión de los plazos en las operaciones financieras. Más aún, el esquema actual mantiene las restricciones cambiarias para las personas jurídicas —el cepo—, una barrera que continúa frenando la inversión privada.
La estabilidad financiera, aunque palpable con un riesgo país en torno a los 570 puntos, se ve amenazada por factores exógenos. Los términos de intercambio, que jugaron a favor de Argentina en 2025, han comenzado a revertirse. Los precios de las exportaciones cayeron un 3,0% interanual en noviembre pasado, lo que implica una pérdida de poder adquisitivo de unos 290 millones de dólares mensuales. Esta tendencia se acentúa en el inicio de 2026, restando oxígeno a una balanza comercial que necesita desesperadamente financiar los vencimientos de deuda.
La arquitectura financiera de 2026 descansa sobre una premisa exigente: la capacidad del Tesoro de refinanciar mes a mes el 100% de los vencimientos de deuda doméstica. Estamos hablando de compromisos equivalentes a 15 puntos del PIB, con un ritmo mensual superior a los 13 billones de pesos. Si el mercado local no acompaña ese rollover, la alternativa sería la emisión monetaria, lo que restaría espacio para la compra de dólares o obligaría a incrementar el déficit cuasifiscal mediante la esterilización de pesos.
Es aquí donde la vigencia del cepo a las empresas revela su doble filo. La restricción permite al Tesoro “cazar en el zoológico” para conseguir los pesos necesarios para la refinanciación, pero al mismo tiempo actúa como un repelente para la inversión extranjera directa y encarece el costo financiero de la deuda doméstica debido al elevado piso del riesgo país.
Para que el programa cierre, Argentina debe volver a colocar deuda en el mercado internacional tras cumplir con los compromisos de enero, rompiendo el círculo vicioso de la falta de reservas. Se estima que los vencimientos posteriores a enero ascienden a unos 6.700 millones de dólares, una cifra inabordable sin acceso al crédito externo.
En última instancia, el debate de fondo no es sobre la coyuntura de la banda cambiaria, sino sobre la sostenibilidad del régimen a largo plazo. Los analistas coinciden en que el esquema actual es de transición. La indexación y las restricciones vigentes generan interrogantes sobre qué ocurriría si el tipo de cambio rebotara contra el techo de la banda; en ese escenario, el Banco Central debería vender divisas en lugar de comprarlas, poniendo en jaque la meta de acumulación.
La solución estructural que asoma en el horizonte es la formalización de un régimen bimonetario, al estilo del vigente en Perú. Un sistema de “flotación administrada” permitiría morigerar los choques externos sobre el nivel de actividad y ofrecería un marco de previsibilidad para estirar los plazos de los contratos financieros. Solo con un horizonte despejado y reglas de juego permanentes se podrá romper el “techo de cristal” que hoy limita la inversión en máquinas y equipos al 12,8% del PIB, lejos de los niveles necesarios para un crecimiento robusto.
El 2026 ha comenzado con un clima de “calma tensa”. Si bien la confianza del consumidor se mantiene en niveles aceptables, la economía real demanda recuperar dinamismo urgentemente. Sin las locomotoras de la exportación y la inversión privada, es imposible imaginar una recuperación sustentable que saque al país de casi tres lustros de estancamiento. El banco de pruebas está abierto; los resultados, aún por verse.