por Redacción Mendoza Económico
La vitivinicultura argentina ha protagonizado, en las últimas dos décadas, uno de los procesos de internacionalización más exitosos de la economía nacional. La transformación cualitativa de la oferta y el posicionamiento del Malbec han logrado que, hoy en día, hablar de esta cepa en el mundo sea hablar de Argentina, y viceversa. Sin embargo, detrás de las postales de viñedos al pie de la Cordillera y del auge del turismo enológico, la industria atraviesa un escenario de contracción y desafíos estructurales que ponen a prueba su resiliencia.
José Alberto Zuccardi, director de la bodega homónima y vicepresidente de la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR), en un largo diálogo con el programa radial porteño "Palo y Zanahoria" desarrollo un diagnóstico que combina el orgullo por lo conseguido con la preocupación por la realidad económica. Si bien destaca el desarrollo espectacular del enoturismo, que ha traccionado una gastronomía de nivel internacional y ha puesto a Mendoza en el mapa de los viajeros globales, advierte sobre un cambio de paradigma en el consumo mundial.

La vitivinicultura argentina con gran inserción global sufre una crisis particular
El sector no es ajeno a las tendencias globales que intentan desplazar al vino de la mesa familiar. Según Zuccardi, existe una campaña que busca asimilar al vino con el alcohol, ignorando su rol histórico como alimento y parte esencial de la dieta mediterránea. Esta presión cultural, sumada a la competencia de bebidas industriales azucaradas, ha impactado en la demanda.
En el plano local, las cifras son elocuentes: el consumo total de vinos en Argentina cayó un 2,7% en 2025 respecto al año anterior. Aunque esta baja podría parecer moderada en comparación con el derrumbe de otros productos de la canasta familiar ante la pérdida de poder adquisitivo, marca una tendencia preocupante que sitúa el consumo per cápita en torno a los 16 litros anuales.
Esta retracción de la demanda ha generado un desequilibrio en los stocks, provocando una baja en los precios de la uva y del vino que afecta severamente al eslabón más débil de la cadena: el productor primario. La ecuación económica actual plantea un achicamiento de la actividad, donde los viñedos menos productivos o cualitativos corren el riesgo de desaparecer, dejando a muchos productores en el camino.
Más allá del mercado interno, la gran apuesta del vino argentino sigue siendo la exportación. No obstante, el “boom” exportador que se experimentó hasta 2011 se ha amesetado debido a las intervenciones cambiarias y las dificultades macroeconómicas, tocando un piso de complejidad en 2023 con las restricciones para girar divisas. Para Zuccardi, la clave para recuperar terreno no radica únicamente en el tipo de cambio, sino en una reforma impositiva profunda.
La carga tributaria actual descoloca al vino argentino frente a sus principales competidores: Italia, Francia y España. Estos países, amparados por la Unión Europea, cuentan con una batería de subsidios agrícolas que cubren desde la promoción en ferias internacionales hasta la erradicación o implantación de viñedos según la necesidad del mercado. Zuccardi es categórico al señalar la inequidad del sistema: mientras un productor europeo recibe subsidios por el 50% de sus gastos para asistir a una feria, el argentino debe afrontar la totalidad de sus costos sin ayuda estatal.

José Alberto Zuccardi, y sus definiciones sobre la vitivinicultura, economía, reforma laboral y minería
Esta disparidad se vuelve crítica ante la posibilidad de la implementación del acuerdo Mercosur–Unión Europea. Aunque el tratado contempla plazos de adecuación de hasta ocho años, existe el temor de que las asimetrías en los subsidios perpetúen un modelo donde Europa se nutre de la materia prima sudamericana para agregar valor en origen, como ya sucede con la exportación de granel en el sector olivícola.
La vitivinicultura es un motor social fundamental, generando más de 100.000 puestos de trabajo directos, además de una vasta red de empleos indirectos vinculados a insumos y turismo. A diferencia de otros cultivos estacionales, la viña requiere labor permanente durante todo el año, desde la poda en mayo hasta la cosecha en abril.
En este contexto, el debate sobre la reforma laboral ocupa un lugar central en la agenda empresarial. Zuccardi reconoce que la litigiosidad laboral actúa como una “espada de Damocles” sobre las empresas, distorsionando los costos y desincentivando la contratación. Si bien la industria vitivinícola mantiene altos índices de formalidad debido a los estrictos controles del Instituto Nacional de Vitivinicultura, el dirigente empresarial aboga por un sistema que reduzca las cargas sociales y reconozca la productividad, permitiendo así ampliar la base de empleo formal y sostener los sistemas de seguridad social.
Finalmente, ninguna proyección económica puede soslayar la variable climática. Mendoza es un desierto donde el 96,5% del territorio es árido y la agricultura depende enteramente del agua de deshielo de la Cordillera de los Andes. La escasez hídrica es una realidad palpable: en el último ciclo, la acumulación nívea fue apenas el 60% de un año normal.
Este escenario de fragilidad hídrica pone al sector en alerta frente al avance de actividades extractivas. Aunque Zuccardi evita una postura dogmática, enfatiza la necesidad de controles rigurosos sobre la minería para garantizar que no se comprometa la calidad del agua, recurso vital tanto para el consumo humano como para la subsistencia de la agricultura.
En definitiva, el vino argentino se encuentra en un punto de inflexión. Con el prestigio intacto y la calidad asegurada, el futuro de la actividad dependerá de la capacidad política y económica para resolver las distorsiones impositivas, modernizar el marco laboral y proteger los recursos naturales que hacen posible el milagro de transformar el desierto en vino.