por Redacción Mendoza Económico
El cierre del balance cambiario de 2025 dejó una imagen que, a primera vista, podría interpretarse como positiva. Las reservas del Banco Central mostraron un crecimiento significativo y el sector agroexportador logró una recuperación que permitió sostener un superávit comercial a lo largo del año. Sin embargo, detrás de esa superficie tranquilizadora se esconde una dinámica mucho más frágil y estructuralmente preocupante para la economía argentina, marcada por su carácter bimonetario y su histórica restricción externa.
Un análisis detallado del último Informe de Balance Cambiario del Banco Central, elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), permite reconstruir una secuencia donde la estabilidad cambiaria no surge de un fortalecimiento productivo, sino de un endeudamiento acelerado que financia salidas de divisas cada vez más difíciles de sostener.
El dato central del informe es el retorno del déficit de la Cuenta Corriente cambiaria, que en 2025 acumuló un rojo de 2.223 millones de dólares, con una aceleración marcada en el último trimestre del año. Diciembre cerró con un déficit mensual de 1.565 millones, consolidando el tercer mes consecutivo negativo.
La paradoja es evidente: el deterioro externo se produjo a pesar del superávit en la balanza de bienes, es decir, de un saldo positivo entre exportaciones e importaciones. La pregunta que se impone es inevitable: ¿por qué una economía que vende más bienes de los que compra termina con una cuenta corriente deficitaria?
La explicación reside en la estructura de la salida de divisas. Excluyendo septiembre —mes atravesado por la amnistía de retenciones—, el superávit comercial acumulado fue de 12.259 millones de dólares, pero ese ingreso fue absorbido casi por completo por dos canales principales: servicios y rentas.
El déficit de la balanza turística alcanzó en 2025 los 10.052 millones de dólares, el nivel más alto desde 2017, reflejando el impacto de un tipo de cambio que incentivó el turismo emisivo. A ello se sumaron los pagos de intereses de la deuda externa, que demandaron otros 10.211 millones de dólares.
Si se amplía el análisis al período comprendido desde diciembre de 2023, el panorama es todavía más contundente: turismo e intereses consumieron el 93% del saldo comercial de bienes. En términos simples, casi todo el esfuerzo exportador de la economía argentina se destinó a financiar deuda y gasto en el exterior.

Más allá del turismo, el fenómeno más determinante del año fue la magnitud de la Formación de Activos Externos (FAE), es decir, la dolarización de portafolios del sector privado. En 2025, la FAE alcanzó los 32.340 millones de dólares, el registro más alto del siglo XXI.
El comportamiento de diciembre sintetiza esta tendencia: 1,5 millones de personas humanas compraron dólares por 2.186 millones en un solo mes. La demanda privada de divisas absorbió incluso los dólares generados por el sector más competitivo de la economía.
El complejo oleaginoso y cerealero liquidó 31.323 millones de dólares, un 48% más que el año anterior. Sin embargo, las compras de dólares por parte de personas humanas totalizaron 38.806 millones, superando ampliamente los ingresos del principal motor exportador.
La economía operó así como una puerta giratoria de dólares: las divisas ingresaron por las exportaciones primarias y salieron inmediatamente hacia el atesoramiento privado, sin canalizarse hacia la producción industrial. La debilidad estructural queda expuesta en la Inversión Extranjera Directa (IED), que cerró el año con un saldo negativo de 1.281 millones de dólares.
Frente a esta combinación de turismo, intereses y fuga de capitales, el único factor que evitó un colapso del esquema fue el endeudamiento externo. Gracias a ese recurso, las reservas brutas del Banco Central crecieron 9.263 millones de dólares.
La Cuenta Financiera actuó como sostén artificial. Los desembolsos del Fondo Monetario Internacional (FMI) aportaron 14.469 millones de dólares, mientras que la deuda privada sumó 15.409 millones. A su vez, otros Organismos Internacionales contribuyeron con 6.001 millones, fondos que apenas alcanzaron para cubrir la salida por IED y la intervención oficial en la brecha cambiaria.
La comparación entre ingresos y egresos expone la fragilidad del esquema. Entre abril y diciembre de 2025, la FAE acumuló 32.871 millones de dólares, mientras que los desembolsos del FMI en ese período fueron de 14.469 millones.
El resultado es contundente: la fuga de capitales representó el 227% de los dólares prestados por el FMI. Por cada dólar que ingresó para estabilizar la economía, más de dos se fugaron del sistema financiero.
El balance cambiario de 2025 deja en claro que la acumulación de reservas y la pax cambiaria se sostienen sobre una base cada vez más endeble. El modelo no corrige los desequilibrios estructurales, sino que los profundiza mediante un uso intensivo del endeudamiento para financiar gastos corrientes en el exterior y ahorro privado en moneda dura.
Con una cuenta corriente deficitaria y una dependencia creciente de los flujos financieros, el interrogante central no es si el esquema puede sostenerse en el corto plazo, sino cuál será el costo económico y social de prolongarlo en una economía donde la producción termina financiando su propia fuga.