por Redacción Mendoza Económico
En medio de una crisis de credibilidad auto infligida por el gobierno de Javier Milei, el INDEC dio a conocer el dato de inflación de enero, que marcó un 2,9%, convirtiéndose en el noveno mes consecutivo de crecimiento del índice. Aunque el número quedó apenas por debajo del umbral simbólico del 3%, la publicación no logró despejar las dudas que rodean hoy a las estadísticas oficiales.
La única lectura favorable para el Ejecutivo es, precisamente, que el índice no comenzó con “3”. Sin embargo, la credibilidad del dato está severamente cuestionada y la sospecha de que se trate de un registro indulgente con la política económica del Gobierno atraviesa buena parte de los análisis privados.
Uno de los componentes más sensibles del informe fue el rubro Vivienda, electricidad, gas y otros combustibles, que mostró un incremento cercano al 3%. Este dato anticipa un febrero y marzo complejos para el equipo económico que encabeza Luis Caputo, dado que el Ejecutivo decidió postergar ajustes tarifarios y recortes de subsidios para evitar que impactaran de lleno en el índice de enero.
La estrategia de diferir aumentos permitió suavizar el número mensual, pero al mismo tiempo acumuló presiones que comenzarán a reflejarse en los próximos registros inflacionarios.
Si hubo un dato que cayó como un baldazo de aceite caliente en el oficialismo fue la suba del 4,7% en Alimentos y bebidas no alcohólicas. El incremento estuvo en línea con lo que venían anticipando consultoras privadas, supermercados y comercios minoristas, y confirmó que los precios de los productos básicos siguen siendo el principal motor de la inflación.
Lejos de moderarse, la tendencia continuó durante la primera semana de febrero, y los récords exportadores de carne, trigo y yerba refuerzan la expectativa de un aumento sostenido en los alimentos básicos, con impacto directo sobre el poder adquisitivo de los hogares.
El resultado de enero confirmó que el proceso de desaceleración inflacionaria parece haberse estancado. Tal como se había advertido en meses previos, el mayor impulso provino nuevamente de Alimentos y bebidas no alcohólicas, con especial incidencia de Carnes y derivados y Verduras, tubérculos y legumbres, categorías clave para el consumo cotidiano.
También se destacaron los aumentos en Restaurantes y hoteles, que subieron 4,1%, reflejando el encarecimiento de servicios vinculados al turismo y al ocio. En contraste, Educación mostró una variación moderada del 0,6%, mientras que Prendas de vestir y calzado registró una baja del 0,5%, explicada en parte por factores estacionales y por la mayor competencia de productos importados.
Desde el punto de vista de la composición, los precios Estacionales lideraron los incrementos con un 5,7%, seguidos por el IPC núcleo, que avanzó 2,6%, y los precios Regulados, con una suba del 2,4%. Esta combinación refuerza la idea de que, aun con cierto anclaje en tarifas y servicios públicos, persisten presiones significativas en los precios no regulados.
La difusión del dato estuvo atravesada por una controversia metodológica de fondo. El Gobierno resolvió postergar la implementación del nuevo IPC, basado en la Encuesta de Gastos de los Hogares 2017/2018, que reemplazaría la canasta vigente desde 2004 y otorgaría mayor peso a los servicios.
El ministro Luis Caputo argumentó que el cambio debía realizarse una vez consolidado el proceso de desinflación, para evitar distorsiones en la comparación de series. Sin embargo, diversos economistas coincidieron en que la actualización de ponderadores habría elevado el nivel del índice.
La consultora LCG sostuvo que el mayor peso de los servicios —que en 2025 aumentaron significativamente más que los bienes— habría arrojado un registro levemente superior al informado. Las diferencias internas sobre el momento de aplicar la nueva metodología derivaron, además, en la salida de Marco Lavagna del INDEC, un episodio que reforzó las dudas sobre la autonomía técnica del organismo.

La inflación continua su ritmo ascendente y se aleja de las previsiones del Gobierno
El debate se intensificó con la publicación del dato de inflación de la Ciudad de Buenos Aires, que alcanzó el 3,1% en enero, por encima del registro nacional. El índice porteño también mostró una aceleración frente a diciembre, impulsado por alimentos, transporte y servicios, y se consolidó como una referencia adicional para los analistas.
Las proyecciones privadas para enero habían sido más moderadas, con estimaciones entre el 2,2% y el 2,6%. Hacia adelante, el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central prevé una inflación del 2,1% en febrero y del 2,2% en marzo, aunque condiciona esa trayectoria a la evolución de los precios regulados, la política cambiaria y las negociaciones salariales.
Los primeros datos de febrero encendieron nuevas alarmas. Según LCG, en la primera semana del mes los precios de alimentos y bebidas subieron 2,5%, la variación semanal más alta en casi un año. Más del 75% del aumento se concentró en bebidas y productos de panificación, con alzas superiores al 5% semanal.
Si bien se trata de un período corto, los analistas advierten que la evolución de las próximas semanas será clave para determinar si se trata de un salto transitorio o del inicio de una nueva aceleración inflacionaria.
El dato de enero dejó así una doble lectura: por un lado, la persistencia de una inflación que resiste bajar con mayor velocidad; por otro, una discusión abierta sobre la forma de medirla y la credibilidad de los indicadores oficiales, en un contexto donde la confianza estadística vuelve a ser un activo central para la economía.
Mientras en el Ministerio de Economía apuestan a que la baja del dólar contribuya a moderar los precios y se especula —a partir de un posteo de Luis Caputo— con novedades en el mercado cambiario que permitan aliviar parcialmente el cepo sobre las empresas, la calle muestra otra realidad: los ingresos siguen perdiendo contra la inflación y cualquier recuperación del mercado interno continúa siendo postergada.