por Redacción Mendoza Económico
El cierre definitivo de la planta de Fate en la localidad bonaerense de San Fernando, tras ocho décadas de actividad ininterrumpida, marca un punto de inflexión para la industria del neumático en la Argentina y expone con crudeza las tensiones entre el nuevo rumbo económico del Gobierno y la supervivencia de sectores industriales históricos. La decisión empresarial, que implica el despido de 920 trabajadores, trasciende el plano corporativo: reconfigura un mercado estratégico, compromete a la cadena automotriz y proyecta costos políticos de magnitud para la administración de Javier Milei.
Hasta ahora, el mercado local de neumáticos se estructuraba en torno a tres grandes fabricantes con producción industrial en el país. Fate ocupaba un lugar singular: era la única compañía de capitales íntegramente nacionales, líder en exportaciones y con una capacidad instalada superior a los cinco millones de unidades anuales. Su planta abastecía tanto al mercado de reposición como a las terminales automotrices, y mantenía alianzas tecnológicas con firmas internacionales como Continental, además de líneas de diseño propias que reforzaban su posicionamiento.
Junto a Fate operan Bridgestone Argentina, filial del grupo japonés que también produce bajo la marca Firestone desde su histórica planta de Llavallol, y Pirelli Argentina, con instalaciones en Merlo. El resto del ecosistema se completa con actores de menor escala o con presencia exclusivamente comercial, como Rodaco, el Grupo Corven, y multinacionales como Michelin y Goodyear, que hoy abastecen el mercado local a través de importaciones, principalmente desde Brasil.

El personal de Fate se entero del cierre ppr un carel pegado en la entrada
El problema de fondo es estructural. En 2026, la industria del neumático exhibe niveles de utilización de capacidad que rondan el 50%, con picos aún más bajos en algunas plantas. La caída del consumo interno, producto del desplome en las ventas de vehículos cero kilómetro, se combina con una apertura comercial que facilitó el ingreso masivo de neumáticos importados, en especial desde China y Brasil, a precios sensiblemente inferiores a los costos de producción local. En diciembre de 2025, el complejo automotriz y del caucho registró uno de los niveles de uso de maquinaria más bajos de su historia reciente.
La consecuencia inmediata fue una saturación del mercado. Tras años de escasez, hoy los depósitos muestran stocks abundantes y las importaciones alcanzaron picos cercanos a las 900.000 unidades mensuales. La normalización del abastecimiento trajo aparejada una caída real de precios superior al 40%, alineándolos con los de países vecinos como Chile y Uruguay. Para los fabricantes locales, sin embargo, el nuevo escenario resulta asfixiante: alta presión impositiva, costos laborales elevados y logística cara vuelven inviable competir con productos importados de bajo costo.
Fate se convirtió así en la primera gran víctima visible de este cambio de paradigma. Las multinacionales que permanecen en el país advierten que, de persistir las actuales condiciones, podrían verse empujadas a abandonar la producción local para reconvertirse en simples importadoras. La simplificación de los trámites de homologación, como el Certificado de Homologación de Autopartes de Seguridad (CHAS), redujo barreras de entrada y aceleró la llegada de marcas asiáticas, profundizando la presión competitiva.
El impacto no se limita al sector del neumático. Fate era un proveedor estratégico de equipo original para terminales como Stellantis, Renault, Volkswagen, Ford y Nissan. La lógica de producción “just in time” con la que operan las automotrices agrava el problema: sin un proveedor local inmediato, las plantas corren el riesgo de detener líneas de montaje o de trasladar íntegramente el abastecimiento al exterior, con el consiguiente encarecimiento del producto final. Cambiar de proveedor no es un trámite administrativo; cada neumático debe ser homologado por la casa matriz para un modelo específico, un proceso que insume tiempo y recursos.
En el plano político, el cierre de Fate golpea directamente la narrativa oficial. No se trata de una empresa marginal, sino de un emblema de la producción nacional con más de 80 años de historia, cuyo propietario, Javier Madanes Quintanilla, es uno de los empresarios más influyentes del país. También controla Aluar, la única productora de aluminio primario de la Argentina y una de las mayores de Sudamérica, considerada estratégica por su perfil exportador.
Madanes Quintanilla, heredero de una tradición industrial ligada a su padre Manuel Madanes y a su tío José Ber Gelbard, se caracteriza por un perfil independiente y crítico. A diferencia de otros líderes empresariales, evita el bajo perfil y ha advertido reiteradamente sobre los riesgos de una apertura importadora sin una reducción previa de los llamados “costos argentinos”. Su enfrentamiento histórico con el gremio del neumático y su decisión de cerrar la planta alimentan, no obstante, un debate intenso sobre la responsabilidad empresaria en contextos de crisis.
Desde el sindicalismo, las críticas fueron inmediatas. Pedro Wasiejko, ex secretario general del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático Argentino y actual titular de FETIA-CTA, calificó el cierre como “la crónica de una muerte anunciada” y responsabilizó tanto al Gobierno como a la empresa y a la conducción gremial actual. En su diagnóstico, la combinación de apertura indiscriminada, derrumbe del mercado interno y pérdida de contratos de exportación conformó una “tormenta perfecta” que amenaza con desmantelar no solo al sector del neumático, sino a buena parte del entramado industrial.
El futuro de la planta de San Fernando añade un interrogante adicional. El predio, de unas 40 hectáreas y más de 150.000 metros cuadrados cubiertos, es considerado el complejo de neumáticos más grande y moderno del país. Allí conviven distintas unidades productivas y un centro de ensayos único en su tipo. Su cierre no solo deja ociosa una infraestructura estratégica, sino que plantea el riesgo de una pérdida irreversible de capacidades productivas.
Más allá de las responsabilidades cruzadas, el caso Fate condensa un dilema de fondo. Ordenar variables macroeconómicas puede lograrse en meses; reconstruir una industria lleva décadas. La salida de un actor histórico no es un episodio aislado, sino una señal de alerta sobre el modelo productivo que se está configurando. Cuando una industria se va, advierten desde el sector, rara vez vuelve.