por Redacción Mendoza Económico
Cada ciclo económico genera sus propias batallas estadísticas, y el actual no es la excepción. En las últimas semanas, el ministro de Desregulación de la Nación, Federico Sturzenegger, encendió una controversia al publicar un extenso descargo en sus redes sociales en el que defendió el desempeño del mercado laboral bajo la administración de Javier Milei. Frente a las críticas de los gremios y la oposición, el funcionario desplegó una serie de cifras que, lejos de zanjar el debate, abrieron uno más profundo: ¿qué significa, en rigor, crear empleo?
Los números que esgrime el Gobierno no son menores. Con respaldo en la Encuesta Permanente de Hogares y la Cuenta de Generación del Ingreso del INDEC, Sturzenegger sostiene que entre el tercer trimestre de 2023 y el mismo período de 2025 se generaron 400.000 nuevos puestos de trabajo, elevando el total nacional de 22,2 a más de 22,6 millones. El crecimiento económico del 6,6% y del 3,5% registrado en los dos primeros años de gestión, argumenta el ministro, es el combustible de esa expansión. «Los puestos de trabajo están creciendo fuertemente», sentenció.
Sin embargo, en el mismo texto en que celebraba esos guarismos, Sturzenegger admitía un dato que sus propios adversarios difícilmente habrían formulado con tanta claridad: la totalidad del incremento corresponde al sector informal e independiente —fundamentalmente monotributistas—, mientras que el empleo formal asalariado registró una caída de 222.000 puestos. En otras palabras, el país crea trabajo al tiempo que lo precariza.
La distinción no es menor. El empleo formal asalariado implica, en la tradición argentina, acceso a obra social, aportes jubilatorios, licencias pagas, protección ante el despido y negociación colectiva. El trabajo independiente o informal puede ofrecer ingresos, pero carece de esa arquitectura de derechos que el movimiento obrero construyó a lo largo del siglo XX. Que la creación neta de puestos descanse íntegramente sobre ese sector constituye, para los sindicatos, una señal de alarma difícil de ignorar.
Ante este señalamiento, el ministro opuso otro argumento: los ingresos. Según su análisis, el trabajador independiente promedio percibió en 2025 unos 1.460.000 pesos mensuales, superando los 1.300.000 del asalariado formal en el mismo período. Si la retribución es mayor, razona el funcionario, ¿cabe hablar de deterioro? La respuesta no es sencilla. Los ingresos del trabajo independiente son, por naturaleza, volátiles; no incluyen aguinaldo, no cuentan con cobertura en caso de accidente laboral y dependen de la continuidad de la demanda. Comparar promedios es, en este contexto, un ejercicio que ilumina tan poco como oculta.
Respecto a la caída en los registros del SIPA —Sistema Integrado Previsional Argentino—, barómetro habitual del empleo registrado, Sturzenegger atribuyó la mayor parte del descenso a la depuración del padrón del Monotributo Social. Esta categoría, según el ministro, había sido inflada artificialmente por la gestión anterior; al restablecer el pago obligatorio de la cuota de salud, los beneficiarios cayeron de 653.400 a menos de 250.000. Se trataría, en su lectura, de una corrección estadística antes que de un retroceso real.

El economista especializado en mercado de trabajo Luis Campos ofreció una lectura más sombría de los mismos datos. En una serie de publicaciones, señaló que la caída del empleo formal en la industria y el comercio no encuentra compensación en ningún otro sector productivo y que, llamativamente, incluso los rubros favorecidos por el modelo económico —agro, minería e intermediación financiera— destruyeron empleo en el segundo semestre de 2025. El comercio, en particular, ingresó en una fase contractiva que, de profundizarse, podría tener consecuencias graves sobre el conjunto del mercado laboral.
El propio informe de Sturzenegger contiene, en este punto, un reconocimiento incómodo: si bien 12 de los 17 sectores productivos crearon empleo, la construcción explica por sí sola el 80% de las pérdidas totales en los sectores que no crecieron. La contracara, que el ministro destacó con evidente satisfacción, es el incremento de 40.000 puestos en la industria manufacturera durante lo que va de la gestión.
Campos fue más lejos en su diagnóstico. Para el economista, la celebración oficial de los 400.000 puestos creados —básicamente informales y por cuenta propia— revela la orientación profunda del modelo laboral: un mercado de trabajo que concibe al asalariado formal como una figura en retirada, cuando no como «una rémora del siglo XX», según su caracterización, cargada de ironía.
Lo que subyace a este intercambio de cifras no es meramente técnico. Es una disputa sobre el modelo de sociedad que se construye detrás de cada estadística. Para el Gobierno, la tendencia hacia la independencia laboral y las modalidades flexibles representa una modernización necesaria, coherente con la profundización de la reforma iniciada con la Ley Bases. Para los gremios y los economistas críticos, esa misma tendencia anuncia un retroceso en las condiciones de vida de los trabajadores, cuyos efectos plenos quizás todavía no se hayan hecho sentir en su totalidad.
Lo cierto es que los datos de diciembre —los más recientes disponibles— aún no reflejan gran parte de los despidos que tuvieron visibilidad pública durante el verano. La tendencia, como señaló Campos, es clara: el empleo formal transita una fase de destrucción cuyo piso aún no se ha encontrado. El debate, en consecuencia, recién comienza.