12/04/2026 - Edición Nº739

Política

Panorama

Caputo defiende el crédito, pero la mora reabre un viejo dilema

12/04/2026 | El avance del crédito en Argentina convive con una suba de la morosidad que reabre un debate estructural. Tasas negativas, pérdida de valor del peso y políticas de estímulo tensionan la sostenibilidad del sistema financiero y exponen riesgos latentes.


por Marcelo López Álvarez


El ministro Luis Caputo ensayó, en la semana que concluye, una defensa del endeudamiento familiar. Argumentó que el acceso al crédito es un signo positivo, en tanto permite a los hogares adquirir bienes durables y dinamizar la actividad económica.

Sin embargo, esa mirada optimista choca con una preocupación creciente: el aumento de la morosidad en los hogares. El escenario reabre un debate estructural en la economía argentina sobre la viabilidad de expandir el crédito en un país que aún no ha logrado consolidar el valor de su propia moneda.

El rol del sistema financiero

En términos teóricos, el crédito es el mecanismo central de intermediación del ahorro. El sistema financiero capta fondos del público mediante una tasa pasiva y los canaliza hacia préstamos a través de una tasa activa; la diferencia entre ambas constituye la rentabilidad bancaria.

El problema estructural de la Argentina radica en que, durante extensos períodos, el sistema ha remunerado los depósitos con tasas de interés negativas frente a la inflación. Esta dinámica desalienta el ahorro en pesos y empuja a los ahorristas a una disyuntiva conocida: consumir o refugiarse en el dólar, que en la práctica funciona como verdadera unidad de valor.

Históricamente, los depositantes solo encontraron incentivos para mantener su capital en el sistema financiero local cuando las tasas lograron superar la evolución del tipo de cambio, en lo que se conoce como carry trade.
Luis Caputo en un brete entre tasas, inflación y reactivación
Luis Caputo en un brete entre tasas, inflación y reactivación

Argentina vs. Brasil: dos caminos divergentes

Para dimensionar esta anomalía y la consecuente erosión de la moneda, resulta ilustrativo el contraste con Brasil. A comienzos de los años 2000, ambas economías partían de una situación similar, con sus monedas en torno a cuatro unidades por dólar. Sin embargo, los caminos divergieron de manera contundente.

Mientras que en Argentina se consolidó una política de tasas que, en muchos casos, representaban apenas la mitad de la inflación —con el objetivo de estimular el consumo en el corto plazo—, Brasil optó por sostener tasas de interés reales positivas. A lo largo de dos décadas, esa disciplina permitió construir una moneda más robusta: el real pasó de cuatro a cinco por dólar, mientras que el peso argentino sufrió una depreciación persistente que lo llevó a niveles cercanos a cien por dólar en el mismo período.

Brasil complementó esta estrategia canalizando el crédito productivo a través de la banca pública, sin interferir con la política monetaria general.

La ilusión de la baja morosidad

En Argentina, en cambio, la contracara de las tasas pasivas negativas ha sido, paradójicamente, la licuación de deudas. En contextos de alta inflación, los créditos de consumo con cuotas fijas se reducen rápidamente en términos reales, lo que históricamente ha disimulado la incapacidad de pago de los deudores y mantenido artificialmente baja la morosidad.

Los ciclos expansivos prolongados permiten, además, que los hogares tomen nuevos créditos para cancelar los anteriores, en una dinámica que se retroalimenta. El quiebre se produce cuando ese ciclo se interrumpe abruptamente.

El endurecimiento de la política monetaria (con un fuerte aumento de las tasas activas), combinado con una masa salarial estancada por la caída del empleo formal, derivó en una paralización del crédito. Es en ese punto donde la mora emerge como un problema concreto y potencialmente sistémico, tanto para las familias como para las entidades financieras.

Retorno a tasas bajas y ancla cambiaria

Tras el severo ajuste inicial, que el presidente prometió sostener, comienza a observarse un retorno a un escenario de tasas más bajas, incluso negativas en términos reales en los plazos más cortos. Con una inflación proyectada en torno al 3% mensual, los plazos fijos tradicionales rinden hoy cerca de 21% o 22% anualizado, muy por debajo de esa dinámica de precios. En este contexto, el ancla central del modelo económico continúa siendo el tipo de cambio.

Frente a la necesidad política y económica de reactivar la actividad, resurgen herramientas conocidas: líneas de crédito subsidiadas o por debajo del costo de fondeo, impulsadas por el Banco Nación, con tasas cercanas al 25% para capital de trabajo y planes de consumo en cuotas sin interés.

Lecciones de la historia económica argentina

La historia económica argentina ofrece múltiples advertencias sobre los riesgos de estos atajos. Desde la resolución 1050 durante el gobierno militar hasta los préstamos en dólares que colapsaron tras la salida de la convertibilidad, los intentos de expandir el crédito sin estabilizar previamente las variables macroeconómicas han derivado, de manera recurrente, en crisis profundas.

En un contexto donde el horizonte de ahorro es extremadamente corto, también lo es el fondeo del sistema financiero. Esto limita de manera estructural la posibilidad de desarrollar líneas de financiamiento sostenibles a largo plazo.

Es cierto que los países con sistemas crediticios profundos (con ratios que pueden alcanzar el 100% del PBI) exhiben mayores niveles de bienestar y estabilidad. Pero para que Argentina pueda avanzar en esa dirección, el orden de prioridades es ineludible: primero, derrotar la inflación y reconstruir la moneda. Solo sobre esa base será posible desarrollar un ciclo de crédito genuino, expansivo y sostenible en el tiempo.