por Marcelo López Álvarez
El precio del petróleo volvió a ubicarse en el centro de la escena global. El Brent, referencia internacional, superó los 102 dólares por barril al inicio de la semana, tras el anuncio del presidente estadounidense, Donald Trump, de ordenar un bloqueo naval sobre los puertos de Irán en la zona del estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más sensibles del mundo.
El movimiento no fue marginal. El crudo europeo registró un alza cercana al 7,3% respecto del cierre previo y acumuló una suba de más de 40 dólares frente a los niveles que mostraba antes del reciente ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní. En paralelo, el West Texas Intermediate (WTI) avanzó casi un 8,5%, alcanzando los 104,7 dólares, consolidando un nuevo piso de precios.
El detonante inmediato fue el fracaso de las negociaciones desarrolladas en Islamabad durante el fin de semana. Tras más de veinte horas de conversaciones, las delegaciones no lograron acercar posiciones en torno al programa nuclear iraní, eje central del conflicto.
Si bien Trump señaló que “la mayoría de los puntos” estaban encaminados, admitió que la cuestión nuclear —“el único punto realmente importante”, según sus palabras— permanecía sin resolución. A esto se sumó la acusación de incumplimiento por parte de Irán respecto de la reapertura del estrecho de Ormuz, lo que terminó de escalar la tensión.
La respuesta de Washington fue inmediata. A través de un mensaje en Truth Social, Trump ordenó bloquear “con efecto inmediato” el tránsito marítimo vinculado a Irán. Horas más tarde, el Mando Central de las Fuerzas Armadas confirmó que la medida se extendería a todos los puertos iraníes en el golfo Pérsico y el golfo de Omán, alcanzando a buques de cualquier bandera.
Aunque formalmente se preserva la libertad de navegación para el comercio no vinculado a Irán, en la práctica el impacto es más amplio. El riesgo operativo en la zona lleva a que aseguradoras y navieras restrinjan su actividad, generando un cuello de botella que trasciende las decisiones políticas y afecta directamente el flujo energético global.
El regreso del Brent a niveles de tres dígitos no es un fenómeno aislado del mercado energético. Su impacto se traslada rápidamente al sistema financiero. El encarecimiento del crudo alimenta las expectativas de inflación a nivel global y presiona al alza los rendimientos de los bonos, especialmente en los tramos cortos.
En ese marco, el rendimiento del bono estadounidense a dos años, en torno al 3,8%, refleja un ajuste en las expectativas de política monetaria. El mercado comienza a recalibrar el escenario ante la posibilidad de mayores presiones inflacionarias en las principales economías.
El giro en los acontecimientos contrasta con el clima que predominaba apenas días atrás. La semana anterior, los mercados habían incorporado un escenario de desescalada del conflicto, lo que impulsó una suba del S&P 500 del orden del 3,6% y un avance cercano al 7,5% en los mercados emergentes.
Ese optimismo estaba sustentado en la expectativa de que el canal diplomático se mantuviera activo. Sin embargo, el fracaso de las negociaciones y la posterior decisión de avanzar con el bloqueo naval reintroducen un escenario de alta volatilidad.

El precio del petróleo vuelve a superar los 100 dólares
Para economías como la argentina, altamente sensibles a los shocks externos, el encarecimiento del petróleo abre un frente adicional de presión. Por un lado, incrementa los costos de importación de energía; por otro, puede trasladarse a precios internos, profundizando las tensiones inflacionarias.
En el caso de Mendoza, con una matriz productiva que combina sectores industriales, vitivinícolas y energéticos, el impacto es dual. Si bien un precio internacional más alto puede mejorar los ingresos vinculados a la producción hidrocarburífera, también encarece costos logísticos y energéticos para el resto de la economía.
El estrecho de Ormuz vuelve a consolidarse como un punto crítico del sistema energético mundial. Por allí transita cerca de un tercio del comercio global de petróleo, lo que convierte cualquier disrupción en un factor de impacto sistémico.
La actual escalada no solo redefine el precio del crudo, sino que también reconfigura las expectativas de inflación, tasas de interés y crecimiento a nivel global. En ese contexto, los mercados vuelven a operar bajo un esquema dominado por la incertidumbre geopolítica.
El inicio de la semana dejó una señal clara: el factor político volvió a imponerse sobre las expectativas económicas, y el petróleo, una vez más, actúa como termómetro de esa tensión.