por Redacción Mendoza Económico
La informalidad laboral volvió a expandirse en la Argentina hacia el cierre de 2025 y se consolidó como uno de los rasgos dominantes del mercado de trabajo. Según datos del INDEC, correspondientes al cuarto trimestre, el 43% de los ocupados en los 31 aglomerados urbanos se desempeña fuera del sistema formal. En términos absolutos, esto implica que 5,8 millones de personas carecen de aportes jubilatorios, cobertura de salud y estabilidad laboral.
El dato, que marca un leve incremento respecto del 42% registrado en igual período de 2024, no constituye un salto abrupto, pero sí confirma una tendencia persistente. A lo largo del año, la informalidad mostró una trayectoria ascendente, lo que refleja un proceso sostenido de deterioro en la calidad del empleo.
Este fenómeno se da en un contexto de aumento del desempleo, que alcanzó el 7,5%, su nivel más alto desde fines de 2020. La combinación de menor generación de empleo formal y mayores dificultades para la inserción laboral configura un escenario en el que amplios sectores quedan relegados a formas de trabajo precarias.
El avance de la informalidad no es homogéneo. Las mujeres presentan mayores niveles de inserción precaria que los varones: la tasa alcanza el 44,5% frente al 41,8%. La brecha se amplía en determinados grupos etarios.
Entre las mujeres de hasta 29 años, la informalidad trepa al 57,9%, mientras que en el segmento de 65 años y más alcanza el 61,6%. Dentro del universo joven, la tasa femenina (59,7%) supera a la masculina (57,3%), lo que confirma la persistencia de brechas de género en el acceso al empleo de calidad.
La variable etaria resulta determinante. Los extremos de la pirámide concentran los mayores niveles de precarización laboral: el 58,4% de los jóvenes y el 58% de los mayores de 65 años se encuentran en la informalidad. En contraste, la franja de 30 a 64 años presenta una tasa del 37,6%, con mayor estabilidad relativa.
El fenómeno se extiende a todas las formas de inserción. Entre los trabajadores independientes, la informalidad alcanza el 59,2%, mientras que en los cuentapropistas asciende al 63,3%. Incluso dentro del empleo asalariado, el 36,3% no está registrado.
Estos datos reflejan una transformación en la estructura del empleo. Los independientes representan una proporción creciente del universo informal, lo que evidencia un desplazamiento hacia estrategias de autoempleo frente a la falta de oportunidades formales.
La informalidad presenta una fuerte concentración sectorial. El servicio doméstico lidera con un 78%, seguido por la construcción (73,8%). También se destacan hoteles y restaurantes (59,7%) y el comercio (52,6%).
Se trata de actividades intensivas en mano de obra y con fuerte impacto en las economías regionales, lo que amplifica las consecuencias sociales del fenómeno.
El nivel educativo funciona como un factor clave de segmentación. Entre quienes no completaron el secundario, la informalidad supera el 67%, mientras que entre quienes tienen estudios universitarios completos desciende al 16%.
La evidencia muestra que el mercado laboral no sólo refleja, sino que profundiza las desigualdades estructurales, limitando el acceso a empleos de calidad para los sectores con menor calificación.

Pese a cierta recuperación de la actividad económica, el impacto sobre el empleo es limitado. La economía creció un 6,4% acumulado, pero convive con una recesión de demanda en sectores intensivos en trabajo como comercio, construcción e industria.
Esta dinámica explica por qué la mejora macroeconómica no se traduce en más empleo registrado, sino en un aumento de la informalidad y un deterioro de la calidad laboral, incluso dentro del segmento formal.
La informalidad laboral dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en un componente estructural del mercado laboral argentino. La caída del empleo formal privado, el ajuste en costos y la menor capacidad de contratación empujan a millones hacia la precarización.
En este contexto, la informalidad actúa como una válvula de escape, permitiendo absorber mano de obra, pero a costa de debilitar el sistema de protección social y erosionar los ingresos del sistema previsional.
El resultado es un mercado laboral fragmentado, donde la expansión del empleo no implica necesariamente mejoras en su calidad. La informalidad se consolida así como la forma predominante de inserción para una porción creciente de trabajadores.