por Redacción Mendoza Económico
El mercado energético global volvió a encender señales de alerta. El precio del barril de Petróleo superó esta semana los 120 dólares y alcanzó un máximo de 126,41 dólares en las cotizaciones de junio de 2026, el nivel más alto desde mayo de 2022. Aunque en la apertura del jueves retrocedía hacia los 116 dólares, la dinámica reciente confirma un escenario de fuerte volatilidad.
Detrás del movimiento aparece un factor conocido pero cada vez más determinante: la escalada de tensiones geopolíticas entre Estados Unidos e Irán, que reintroduce riesgos sobre el suministro energético mundial. En este contexto, el petróleo vuelve a funcionar como un termómetro de la incertidumbre global.
El crudo West Texas Intermediate (WTI), referencia en Estados Unidos, acompañó la tendencia y cotizó a 110,93 dólares por barril, con un salto diario superior al 8%. Desde fines de febrero, el Brent acumula una suba cercana al 67%, mientras que el WTI avanza un 61%.
Más allá de la magnitud del incremento, el dato relevante es su impacto sobre las expectativas inflacionarias globales. El encarecimiento del petróleo se transmite rápidamente a los costos logísticos, industriales y alimentarios, reconfigurando los precios en cadena. En un contexto donde la inflación aún no está completamente controlada en las principales economías, este nuevo impulso agrega presión sobre los bancos centrales.

Donald Trump y sus caprichos tienen en vilo la economía mundial
El detonante inmediato de la suba fue la difusión de información que indica que el Comando Central de Estados Unidos habría presentado al presidente Donald Trump planes para una posible acción militar contra Irán. La sola mención de un conflicto en la región bastó para activar la reacción de los mercados.
El punto crítico es el estrecho de Ormuz, por donde circula una porción sustancial del comercio mundial de petróleo. Cualquier amenaza sobre ese corredor estratégico implica un potencial shock de oferta, rápidamente incorporado en los precios.
A este factor se sumó la salida de los Emiratos Árabes Unidos de la OPEP, una señal que debilita la capacidad de coordinación del bloque y amplifica la incertidumbre sobre la oferta futura.
El comportamiento reciente del petróleo confirma un rasgo estructural del mercado: las expectativas pesan tanto como los fundamentos. Rumores, declaraciones políticas o informes preliminares pueden generar movimientos bruscos incluso sin cambios concretos en la producción o el suministro.
En este contexto, las intervenciones discursivas de líderes políticos (como las de Trump en relación con Irán) tienen un impacto directo en las cotizaciones. La combinación de un mercado ajustado y un entorno geopolítico inestable potencia la volatilidad.
Para Argentina, el nuevo escenario abre un equilibrio delicado. Por un lado, el alza del petróleo puede mejorar los ingresos fiscales y la rentabilidad del sector energético. Por otro, incrementa los costos internos y presiona sobre la inflación, en una economía particularmente sensible a los precios internacionales.
En este marco, YPF decidió adelantar ajustes en los combustibles, dando por finalizado el esquema de contención de precios que había planteado. La decisión refleja la dificultad de sostener desacoples prolongados frente a un mercado internacional en alza.
Además, la estructura productiva argentina (dependiente en parte de la importación de energía, fertilizantes e insumos industriales) amplifica el impacto de este tipo de shocks externos.
La evolución del precio del petróleo dependerá, en gran medida, de la dinámica geopolítica en Medio Oriente. Sin señales claras de desescalada entre Washington y Teherán, la prima geopolítica seguirá incorporada en el precio del crudo.
En ese contexto, el mercado energético se mantiene en estado de alerta. Y con él, buena parte de la economía global.