por Redacción Mendoza Económico
El Gobierno nacional finalmente envió al Congreso el proyecto de Súper RIGI, un régimen de promoción extraordinario que busca captar inversiones multimillonarias en sectores tecnológicos y estratégicos donde Argentina prácticamente no tiene desarrollo productivo. La iniciativa, presentada por la administración de Javier Milei junto al jefe de Gabinete Manuel Adorni y el ministro de Economía Luis Caputo, promete treinta años de estabilidad fiscal, libre disponibilidad de divisas y arbitraje internacional fuera del país para proyectos superiores a los mil millones de dólares.
La apuesta oficial es ambiciosa. El Ejecutivo sostiene que Argentina necesita construir condiciones excepcionales para competir por capitales que hoy se disputan Estados Unidos, Asia y Medio Oriente en áreas de alta complejidad tecnológica. Sin embargo, detrás del discurso de modernización y apertura, el proyecto ya comenzó a generar fuertes cuestionamientos por el nivel de beneficios concedidos, las limitaciones que impone sobre provincias y el contraste con la presión tributaria que enfrentan las empresas locales.
A diferencia del RIGI original, orientado a grandes proyectos vinculados principalmente a energía, minería e infraestructura, el nuevo esquema apunta exclusivamente a actividades consideradas inexistentes o incipientes en el país.
El Gobierno identifica como sectores prioritarios a la inteligencia artificial, la fabricación de semiconductores, la biotecnología avanzada, los reactores nucleares modulares, el hidrógeno, la infraestructura digital estratégica y las manufacturas tecnológicas de alta complejidad. Se trata, precisamente, de áreas que concentran hoy la competencia global entre potencias y grandes fondos internacionales.
La lógica oficial parte de un diagnóstico conocido dentro del mileísmo: Argentina no puede competir en estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica ni presión impositiva frente a otros mercados emergentes, por lo que necesita ofrecer condiciones extraordinarias para atraer inversiones que, de otro modo, jamás desembarcarían en el país.
El problema es que ese razonamiento también expone una paradoja de fondo: el propio Estado reconoce, implícitamente, que las condiciones económicas y regulatorias actuales resultan insuficientes incluso para atraer capitales hacia sectores estratégicos.
El corazón del proyecto es un paquete de incentivos de una magnitud pocas veces vista en la legislación económica argentina.
Las empresas adheridas tributarán una alícuota de Ganancias del quince por ciento, muy por debajo de la carga general vigente. También tendrán dividendos reducidos, amortización acelerada de inversiones, quebrantos transferibles y certificados fiscales para cancelar IVA.
En paralelo, quedarán exentas de derechos de importación y de retenciones a las exportaciones. Tampoco enfrentarán cupos, licencias ni restricciones cuantitativas para operar.
El capítulo cambiario constituye otro de los puntos centrales del esquema. El proyecto garantiza acceso progresivo a la libre disponibilidad de divisas hasta alcanzar el ciento por ciento de los dólares generados por exportaciones a partir del tercer año. Además, los aportes de capital provenientes del exterior no estarán obligados a ingresar al mercado cambiario local.
La lectura política detrás de este diseño es transparente: el Gobierno intenta construir un marco completamente desacoplado de la histórica volatilidad argentina, eliminando para los grandes inversores prácticamente todos los riesgos vinculados a controles de capitales, cambios regulatorios o aumentos tributarios.
El aspecto más sensible del proyecto aparece en las cláusulas de estabilidad normativa y resolución de conflictos.
El texto establece que durante treinta años ninguna modificación tributaria, aduanera, cambiaria o previsional más gravosa podrá afectar a las empresas adheridas. Incluso si cambian los gobiernos o el rumbo económico del país, las condiciones originales permanecerán intactas.
El mensaje político hacia los inversores es evidente: el Gobierno busca garantizar que el eventual retorno de administraciones con una visión económica diferente no altere las reglas del juego.
Pero el punto más controversial es el sistema de arbitraje internacional. Las controversias entre el Estado argentino y las compañías podrán resolverse ante organismos internacionales como el CIADI o tribunales arbitrales privados, fuera del país y sin participación de árbitros argentinos.
Para los defensores del proyecto, esa cláusula resulta indispensable para atraer capitales hacia una economía con largo historial de defaults, cepos y litigios regulatorios. Para sus críticos, en cambio, implica una cesión significativa de soberanía jurídica y un condicionamiento futuro sobre decisiones económicas nacionales.
El esquema también impone límites concretos a las provincias que decidan adherir.
Las jurisdicciones provinciales no podrán crear nuevos tributos sobre los proyectos aprobados y deberán reducir Ingresos Brutos hasta un máximo del cero coma cincuenta por ciento. Además, quedarán impedidas de cobrar sellos, regalías adicionales o cánones específicos.
En términos prácticos, el proyecto obliga a las provincias a resignar capacidad recaudatoria para competir por inversiones que todavía no están garantizadas.
Ese punto ya comenzó a generar ruido entre gobernadores y sectores productivos locales, particularmente en provincias donde las economías regionales y las industrias tradicionales enfrentan niveles impositivos muy superiores.

El Gobierno presenta el Súper RIGI como una evolución del régimen anterior, aunque los números del primer esquema siguen generando interrogantes.
Desde su lanzamiento, el RIGI acumuló anuncios multimillonarios y promesas de inversión de enorme escala. Sin embargo, las inversiones efectivamente ejecutadas continúan siendo significativamente menores respecto de las cifras difundidas oficialmente.
Ese antecedente alimenta una discusión que atraviesa buena parte del debate económico argentino: hasta qué punto los regímenes promocionales logran transformar anuncios en inversiones concretas y cuánto terminan funcionando principalmente como herramientas de posicionamiento político y financiero.
En ese contexto, algunos analistas observan que el nuevo proyecto parece diseñado específicamente para captar el interés de grandes fondos tecnológicos globales acostumbrados a exigir estabilidad jurídica extrema y baja presión impositiva antes de desembarcar en mercados volátiles.
Entre los nombres que comenzaron a aparecer en el debate figura Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir Technologies, uno de los empresarios más vinculados al universo libertario y tecnológico estadounidense. Aunque el Gobierno no confirmó contactos formales, distintos sectores del mercado interpretan que el esquema replica condiciones habitualmente demandadas por ese tipo de capital financiero global.

La tecnología en la mira del nuevo super RIGI
Sin embargo, los datos recientes muestran que el problema argentino excede largamente la cuestión tributaria.
Argentina fue el país de las principales economías de América Latina que menos inversión extranjera directa (IED) recibió en 2025, con apenas US$ 3.134 millones netos, según un informe de la organización Misión Productiva elaborado sobre datos de la OCDE.
La cifra contrasta con los US$ 76.877 millones captados por Brasil y los US$ 40.871 millones registrados por México, e incluso quedó por debajo de economías regionales de menor tamaño. El dato resulta particularmente sensible para un Gobierno que convirtió la atracción de capitales externos en uno de los pilares discursivos de su programa económico.
El informe sostiene que las dificultades para atraer capitales no se resuelven únicamente mediante incentivos fiscales o garantías jurídicas.
Entre los factores que explican el bajo desempeño argentino aparecen la caída del consumo y de la demanda interna, la paralización de la obra pública, la falta de crédito productivo, la apreciación cambiaria, la incertidumbre macroeconómica y el deterioro de la competitividad.
En paralelo, el balance trimestral del Banco Central de la República Argentina mostró egresos netos de inversión extranjera directa por US$ 4.687 millones durante el cuarto trimestre de 2025, impulsados principalmente por cancelaciones de deuda entre empresas vinculadas.
Aun así, el stock total de IED cerró el año en US$ 181.037 millones, concentrado mayormente en manufactura y minería, dos sectores históricamente dominantes dentro de la estructura de inversión extranjera en el país.
Sin embargo, las objeciones más contundentes no llegan únicamente desde el plano jurídico o político. También emergen desde el entramado pyme e industrial argentino, donde crece una sensación de asimetría difícil de ignorar.
Mientras miles de pequeñas y medianas empresas enfrentan presión tributaria elevada, dificultades de financiamiento, costos laborales altos y restricciones estructurales de competitividad, el Estado ofrece a potenciales inversores extranjeros un régimen prácticamente blindado frente a cualquier contingencia futura.
La pregunta que empieza a instalarse en sectores industriales es tan simple como incómoda: qué nivel de expansión, inversión y generación de empleo podría alcanzar la industria argentina si recibiera siquiera una parte de los beneficios que el Gobierno promete para capitales externos que, por ahora, todavía permanecen en el terreno de las expectativas.
Allí aparece quizás el verdadero núcleo del debate que abre el Súper RIGI. No solamente cuánto está dispuesto a ceder el Estado argentino para atraer inversiones, sino también qué mensaje político y económico transmite hacia quienes producen, invierten y tributan desde hace décadas dentro del país.