por Marcelo López Álvarez
Lejos de la sensatez que cabría esperar en una administración madura, el presidente Javier Milei parece haber decidido que la mejor forma de gobernar es fingir que acaba de llegar al poder. En una puesta en escena cuidada, y algo forzada, el mandatario emitió un mensaje grabado de quince minutos para anunciar el envío de cuatro proyectos de ley al Congreso. Desde la cabecera de su escritorio, enfundado en traje y corbata, e intentando proyectar una pátina de gravedad institucional, presentó lo que desde el oficialismo se intenta vender como el inicio de una “nueva era”.
Detrás de la pretendida refundación, sin embargo, asoma un artilugio político diseñado para ocultar las profundas grietas del presente. A dos años y medio de haber asumido la primera magistratura, con una herencia ya administrada y una inflación que, según celebra el propio Gobierno, bajó del 200 al 30 por ciento, la economía productiva se encuentra virtualmente paralizada. En lugar de ofrecer herramientas concretas para reactivar el país, el Presidente elige refugiarse en su zona de confort: la retórica antisistema, la batalla cultural y la demonización de una “alta política” que hoy le sirve como chivo expiatorio frente a los fracasos de su propia gestión.
El núcleo de la ofensiva legislativa oficialista reside en una profunda reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. La iniciativa busca sepultar las modificaciones introducidas en 2012 y despojar a la entidad de cualquier responsabilidad vinculada al crecimiento económico o la protección del empleo. Bajo este nuevo dogma, la única misión del organismo será preservar el valor de la moneda, reconociendo a la inflación de manera exclusiva como un fenómeno monetario. A su vez, se prohibirá de forma taxativa cualquier vía de financiamiento al Tesoro Nacional, a las provincias y a los municipios, y se vedará la compra de títulos públicos en el mercado primario.
Para blindar esta nueva estructura, el Poder Ejecutivo pretende que la remoción de las autoridades del Central exija una mayoría especial de dos tercios en ambas cámaras del Congreso. Ahí, precisamente, donde el oficialismo intenta consagrar la supuesta independencia absoluta del Banco Central, el relato choca de frente con su propia hipocresía. Santiago Bausili, actual titular de la autoridad monetaria y presente en el anuncio, fue socio formal del ministro de Economía, Luis Caputo, en la consultora Anker hasta el día previo a desembarcar en la Casa Rosada. Semejante nivel de simbiosis política y de negocios entre el Palacio de Hacienda y el ente emisor desmiente, de manera flagrante, el propio legado de autonomía institucional que Milei asegura querer dejarle al país.

Javier Milei por cadena nacional anuncio proyectos polémicos en busca de recuperar la agenda
El segundo pilar de los anuncios gubernamentales no resulta menos polémico. Se trata del autodenominado “grillete fiscal”, un mecanismo copiado de la figura del shutdown que rige en la política estadounidense. La letra chica de la propuesta indica que, ante la reiteración de meses con déficit fiscal y la inacción del Congreso, el Estado nacional ingresará en una parálisis automática. Se congelarán los gastos, no habrá nuevos contratos ni adjudicaciones, se cortarán las transferencias a las provincias y se suspenderán todas las actividades consideradas no esenciales. Para dotar de épica a la medida, el proyecto estipula que mientras dure el cierre, las principales autoridades de los tres poderes del Estado, incluido el Presidente, dejarán de percibir sus salarios.
Más allá del efectismo punitivo que tanto aplaude el núcleo duro del oficialismo, el “grillete” revela la verdadera naturaleza del dogma económico en curso: una admisión tácita de que el promocionado superávit fiscal actual podría no ser genuino, sino el mero resultado de pisar pagos, desatender funciones básicas y desfinanciar áreas críticas del Estado. Detener la maquinaria estatal ante la falta de recursos no resuelve la incógnita de fondo: cómo generar las condiciones de producción e ingresos para financiar una nación sin asfixiarla.
Ante la orfandad de resultados tangibles, el libreto presidencial recurre a la exhumación de los adversarios del pasado. Durante su alocución, el jefe de Estado apuntó directamente contra Cristina Fernández de Kirchner y la extitular del Central, Mercedes Marcó del Pont, a quienes acusó de haber perpetrado un robo institucional en 2010 con la creación del Fondo del Bicentenario. Según los cálculos esgrimidos por Milei, aquella maniobra despojó a las arcas públicas del equivalente a 15.000 millones de dólares a valores de hoy.
La pirotecnia verbal llegó a su punto culminante cuando el Presidente buscó dimensionar “la estafa de la alta política” con cifras estratosféricas. Afirmó que la inflación acumulada desde la creación del Banco Central en 1935 supera los 12 trillones por ciento, un número absurdo e inabarcable que el propio mandatario tomó sin demasiados reparos de antiguos artículos de Roberto Cachanosky, el economista otrora cercano con quien hoy mantiene un sonoro enfrentamiento.
El corolario, para terminar de desdibujar el peso institucional del anuncio, fue una pieza audiovisual propia de la militancia digital. El Gobierno incluyó en la transmisión un insólito video generado por inteligencia artificial en el que el propio Javier Milei aparece caracterizado como un superhéroe implacable que castiga a los “cucas”, personificados en figuras grotescas que suplican seguir emitiendo billetes. Una puesta en escena que evidencia un derroche innecesario de energía y desconexión institucional.
Esta fascinación por el universo virtual y las batallas culturales contrasta brutalmente con el paisaje que devuelven las calles. Mientras el Presidente diseña candados legales para el futuro y repasa la historia inflacionaria del siglo XX, la sociedad padece los daños colaterales de su plan económico de shock: la brutal caída del consumo, el salto estrepitoso en los niveles de morosidad ciudadana, la pulverización de los salarios docentes, el estancamiento industrial y el alarmante deterioro de la infraestructura vial, todas crisis de su propia factura.
Creer que la reactivación de una grieta ideológica y el señalamiento constante de la “herencia” bastarán para aplacar el descontento es, a esta altura del mandato, una apuesta temeraria. La caída sostenida en los índices de confianza gubernamental demuestra que el crédito público no es eterno. Javier Milei parece no advertir que hace mucho tiempo dejó de ser el panelista iracundo que venía a romper el sistema. La Argentina real, lastimada y empobrecida por decisiones de este propio Gobierno, ya no reclama superhéroes de inteligencia artificial: exige gestión, empatía y respuestas económicas que la retórica del eterno candidato es incapaz de ofrecer.