por Marcelo López Álvarez
Mendoza se ha convertido en un faro de la vitivinicultura del Nuevo Mundo. Sus vinos son reconocidos internacionalmente y dos de sus enólogos, Marcelo Pelleriti y Alejandro Vigil, alcanzaron los 100 puntos Parker. Pero antes de que el Malbec se transformara en la cepa embajadora del vino argentino, hubo otra historia menos conocida. Sus orígenes se remontan a los primeros tiempos de la colonia y, a través del Libertador, el general don José de San Martín, enlazan a Mendoza con el Perú.
La historia de Mendoza y el vino abarca más de dos siglos, aunque comenzó a conocerse con mayor profundidad alrededor de 1850, cuando el presidente Domingo Faustino Sarmiento convenció al joven agrónomo francés Michel Aimé Pouget para que se trasladara a la provincia y pusiera en marcha la Quinta Agronómica, la primera escuela de esa especialidad fundada en la Argentina.
Pouget, que apenas superaba los 30 años, aceptó el desafío y, con el apoyo de Sarmiento y de sus primeros alumnos, protagonizó la primera revolución de la vitivinicultura mendocina. Su trabajo permitió dejar atrás los métodos coloniales de elaboración. También fue quien introdujo la cepa Malbec en Mendoza.
Mucho antes de que eso ocurriera, la vitivinicultura cuyana ya había adquirido un impulso considerable. Las primeras vides fueron implantadas por los colonizadores españoles alrededor de las iglesias, con el objetivo de elaborar el vino para la misa y alguna “sobrita” destinada a otros menesteres.
El particular desierto cuyano y las obras de riego desarrolladas por los pueblos originarios crearon un escenario ideal para el crecimiento de parrales y viñas de cabeza. De allí surgían vinos rosados, o claretes según los criterios actuales, ya que los tintos duros y untuosos eran por entonces propios de los procesos europeos de elaboración.
¿Cuál fue la importancia de San Martín en esta historia? Su intervención puede dividirse en dos etapas. La primera comenzó en 1814, cuando llegó como gobernador de Cuyo. La segunda tuvo lugar a su regreso de la Campaña Libertadora, en 1823, cuando permaneció en Mendoza alrededor de un año y medio, hasta que partió hacia Francia en medio de la conmoción política, para no volver.
El general llegó a Mendoza en septiembre de 1814 y comenzó a preparar el plan y el ejército que cruzarían los Andes. Ese objetivo cambió la fisonomía de la provincia, que debió transformarse en una “Ciudad Industrial” capaz de preparar y equipar a las tropas para la travesía.
San Martín impulsó los talleres metalúrgicos, la industria textil y alimenticia, junto con la actividad cultural y recreativa. También sentó las bases de la organización territorial.
Era necesario garantizar la alimentación de los habitantes ante la “explosión demográfica” provocada por la llegada de soldados y voluntarios. Por esa razón, dio un fuerte impulso a las actividades agropecuaria, ganadera y vitivinícola.
La producción de vino ya estaba muy extendida en Mendoza, pero enfrentaba serias dificultades por los gravámenes que el Gobierno central imponía al vino y al aguardiente cuyanos. Esas cargas buscaban favorecer el ingreso de caldos europeos sin restricciones ni impuestos a través del puerto de Buenos Aires. San Martín, por medio de Tomás Godoy Cruz, uno de los políticos mendocinos más ilustres y su mano derecha, mantuvo memorables enfrentamientos con el Gobierno central por esta cuestión.
En aquel momento, en estas tierras solo había uva criolla. El Malbec y otras cepas llegarían recién 40 años después, de la mano de Pouget y Sarmiento. Pese a las limitaciones de la época, los vinos que se elaboraban no eran malos en absoluto.
San Martín advirtió su potencial e impulsó nuevas plantaciones en las chacras de la zona para aumentar la producción y abastecer al ejército durante la Campaña Libertadora.
Los documentos del Cruce de los Andes certifican que el general llevó vino mendocino a razón de una botella por cada uno de los 5.200 hombres. De las 1.922 mulas de carga que integraban la caravana libertadora, 113 fueron destinadas al traslado del vino.
En su vida cotidiana, San Martín almorzaba siempre acompañado por una o dos copas de vino y luego dormía dos horas de siesta.
San Martín figuraba entre los más de 300 viticultores que había en Mendoza en 1825, según revelaron hace algunos años el historiador Pablo Lacoste y su equipo de trabajo. Su producción se concentraba en la chacra La Tebaida, ubicada en Los Barriales, en el Este mendocino, donde hoy se encuentra el límite entre los departamentos de San Martín y Junín.
La historia cuenta que, poco después del nacimiento de su hija Mercedes, en 1816, y mientras pensaba en su futuro después de la guerra, San Martín pidió al coronel Toribio Luzuriaga, quien lo había sustituido como gobernador, 50 cuadras de tierra en Los Barriales para dedicarlas a la labranza.
Su solicitud fue aceptada de inmediato y se agregaron otras 200 cuadras para su hija. San Martín agradeció al gobernador y al Cabildo las donaciones, pero informó que, en nombre de Mercedes, entregaría esas 200 cuadras a quienes más se distinguieran en la campaña militar que estaba por comenzar.
A su regreso de la Campaña Libertadora, en 1823, se estableció en La Tebaida. Con la ayuda del cuidador de sus tierras, que las había mantenido productivas entre 1817 y 1823 mientras él liberaba Chile y Perú, retomó con fuerza la producción de vinos y aguardiente.
De aquella chacra no queda nada. En una zona cercana permanece la reconstrucción de algunas bóvedas de la época. Esos espacios abovedados permitían conservar el vino a una temperatura más fresca durante los tórridos veranos del desierto.
Las bóvedas originales, construidas en adobe mediante el sistema de hileras avanzadas, fueron rescatadas del olvido en la década de 1920 por el arquitecto Raúl J. Álvarez y reconstruidas en hormigón armado durante la década de 1950.
Algunas anécdotas aseguran que San Martín tenía una cava donde guardaba vinos especiales embotellados, que reservaba para sus amigos más cercanos y, durante los años del Ejército, para algunos oficiales.
Una de las historias más célebres cuenta que el general invitó a comer a Manuel de Olazábal, jefe de escolta del Ejército de los Andes; a Mosquera, un amigo colombiano, y a Antonio Arcos, jefe del Ejército.
“Usted verá cómo somos los americanos, que en todo preferimos lo extranjero”, les comentó.
A la hora de los postres, San Martín encargó unas botellas de vino mendocino y, después, una de Málaga. Cuando pidió a sus invitados que opinaran sobre los vinos, todos manifestaron su preferencia por el español. El anfitrión, entre risas, confesó entonces que había ordenado cambiar las etiquetas.
Otros relatos sostienen que era afecto a intercambiar los envases de los vinos europeos y criollos para gastarles bromas a sus amigos. Las diferencias en los procesos de elaboración y en los varietales de Europa y de la incipiente industria vitivinícola mendocina eran notables. Los rosados pálidos elaborados con uvas criollas podían distinguirse no solo por el gusto, sino también por el aroma y el color.
Es muy posible que San Martín haya intentado aplicar alguna técnica para lograr que esos vinos se parecieran más a los europeos, dada su experiencia, sus conocimientos y sus amistades del otro lado del océano. El poco tiempo que permaneció en Mendoza, de todos modos, juega en contra de esa posibilidad: el general no estuvo presente en más de cuatro o cinco cosechas.
Llegó en agosto de 1814 como gobernador y partió en enero de 1817, por lo que solo estuvo durante las cosechas de 1815 y 1816. Regresó en enero de 1823 y se marchó definitivamente en noviembre de ese mismo año.
Hoy, cuando los vinos rosados comienzan a ganar terreno en la moda internacional, nuestro Padre de la Patria aparece entre los primeros hombres de la Mendoza vitivinícola que se dedicaron a producir y mejorar aquellos rosados iniciales.
En el departamento que lleva su nombre, el Este mendocino conserva su condición de corazón de la producción vinícola argentina. Allí, el trabajo de la tierra y la pasión por la libertad forman parte de una misma identidad nacional.
La figura del Libertador José de San Martín quedó así vinculada a la tradición vitivinícola de una tierra de contrastes y sabores. Su paso por la actividad completa el retrato de un hombre cuya tenacidad y visión definieron el curso de todo el continente.