por Marcelo López Álvarez
El 17 de agosto, Javier Milei encabezó en la Plaza San Martín de Retiro el acto por los 176 años de la muerte del Libertador. Volvía a la escena pública tras varios días de silencio y eligió, para el regreso, un escenario cargado de épica: citó la frase de cabecera del general, “Seamos libres, que lo demás no importa nada”, y la convirtió en programa de gobierno. La Argentina, dijo, todavía no es el país más libre del mundo, pero puede llegar a serlo, aunque el camino sea arduo y haya “algunos que quieren que vuelva el pasado”. Prometió dar batalla por la libertad “sin importar el costo” y acusó, sin nombrarlos, a quienes “atacan nuestras ideas, nuestras creencias y nuestros valores” de querer hacer pasar el robo por justicia.
El linaje que el presidente reclama para sí tiene, de todos modos, un contemporáneo incómodo. Bernardino Rivadavia gobernó Buenos Aires y luego la Nación en esos mismos años veinte del siglo XIX, y es su programa, no el de San Martín, el que más se parece, medida por medida, al que hoy despliega la Casa Rosada. Milei no lo cita nunca. La comparación la vienen trazando, en cambio, historiadores y analistas políticos desde hace tiempo, y una investigación documental reciente permite ponerla a prueba con datos.
Milei volvió a mancillar el recuerdo del Gran Capitán; Milei no es San Martín, Milei es Rivadavia, el gran enemigo del Libertador y principal artífice de que este optara por partir hacia Gran Bretaña, primera escala del exilio para proteger su vida y la de su hija.

Javier Milei al píe del monumento del Libertador. Evoca a San Martín pero gobierna como Rivadavia
Rivadavia gobernó Buenos Aires entre 1821 y 1824 convencido de que la administración pública era una carga que había que aligerar. Milei llegó al poder en diciembre de 2023 con idéntico diagnóstico: redujo los ministerios de dieciocho a menos de diez, provocó una caída cercana al 13% del empleo público nacional en su primer año y abrió el camino a privatizaciones como la de IMPSA. El objetivo declarado no cambió en dos siglos: un Estado que debe achicarse porque estorba al despliegue de la libertad que se predica en los actos.
El primer endeudamiento externo de la historia argentina nació en 1824, con un empréstito de la banca Baring Brothers del que Buenos Aires recibió bastante menos de lo pactado y que tardó ochenta años en saldarse. El gobierno de Milei firmó con el FMI un Acuerdo de Facilidades Extendidas, respaldado por el Tesoro de Estados Unidos y recurre al endeudamieto como agua en el desierto. La Ley de Enfiteusis de 1826 entregó tierras públicas en arrendamiento a veinte años; el RIGI ofrece treinta años de estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria a la inversión extranjera. Cambia el objeto, pero no el gesto: un Estado que compromete su propio futuro para conseguir el respaldo del capital y de la potencia de turno.
Rivadavia gobernó con facultades extraordinarias primero y sin Constitución nacional después. Milei firmó el DNU 70/2023 y gobernó buena parte de su primer año largo con las facultades delegadas, sesenta y cinco decretos en doce meses. La Constitución unitaria de 1826 llevó a once de las catorce provincias a rebelarse contra Buenos Aires; el Pacto de Mayo de 2024 se deshilachó en un año, cuando los gobernadores denunciaron el recorte de fondos discrecionales como una forma de disciplinamiento. El poder central vuelve a chocar con el territorio, dos siglos después, con el mismo patrón de fondo.
Nada de esto figuró en el discurso al pie del Monumento al Libertador. Milei habló de libertad como quien administra un legado indiscutido, sin mencionar que las medidas centrales de su gobierno (el achicamiento del Estado, la garantía de treinta años al capital extranjero, la concentración de facultades en el Ejecutivo, la tensión con las provincias) reproducen, casi punto por punto, el programa que le costó la presidencia a Rivadavia en 1827. San Martín, que murió lejos de una patria que consideraba secuestrada por sus propias dirigencias, difícilmente hubiera reconocido en ese programa la libertad que reclamó para el continente. La que Milei invoca en la plaza y la que ejecuta en el Boletín Oficial no son, necesariamente, la misma cosa. La historia, que no vota pero registra, ya tiene un antecedente sobre cómo terminan estos experimentos: la pregunta, todavía sin respuesta, es si Milei está dispuesto a leerlo.