por Redacción Mendoza Económico
Comprar un departamento para alquilarlo, invertir en una oficina o apostar a un local comercial son caminos conocidos para quien busca diversificar su patrimonio a través del real estate. Pero existe una alternativa que empieza a ganar terreno, literalmente, entre los inversores: la tierra productiva. A diferencia de otros activos inmobiliarios, el campo ofrece la posibilidad de generar renta sin necesidad de involucrarse en las tareas propias de la producción agropecuaria.
«El campo permite invertir en un activo productivo sin necesidad de convertirse en productor. Se puede comprar la tierra, arrendarla y recibir una renta, mientras el propietario conserva un activo tangible dentro de su patrimonio», explica Federico Nordheimer, director de Nordheimer Campos y Estancias.
El mecanismo es simple. El propietario arrienda su tierra a un productor o a una empresa del sector, que asume la explotación y el riesgo operativo de la actividad. A cambio, quien invirtió recibe una renta periódica y mantiene la propiedad como parte de una estrategia patrimonial de largo plazo, sin tener que lidiar con maquinaria, clima ni mercados de commodities.

Federico Nordheimer
Especialistas del sector coinciden en identificar una serie de atributos que explican por qué la tierra fértil despierta cada vez más atención entre quienes piensan en horizontes extensos.
El primero tiene que ver con la inmediatez del ingreso: el arrendamiento genera renta desde el primer año, ya que la actividad productiva queda enteramente en manos de un tercero. A esto se suma un rasgo poco habitual en otros mercados inmobiliarios: la baja vacancia. La tierra fértil, prácticamente, siempre encuentra quien la arriende, lo que favorece la continuidad de los ingresos.
Otro punto que suele mencionarse es la baja morosidad. Se trata, según coinciden quienes operan en el rubro, de uno de los mercados de alquiler más seguros dentro del real estate en su conjunto. Y hay un componente adicional que cobra particular relevancia en un país con historial inflacionario: buena parte de los contratos se indexan a la cosecha, lo que ofrece una cobertura natural frente al aumento de precios.
La diversificación es otro argumento de peso. El campo mantiene una baja correlación con otros activos habituales de una cartera de inversión, como acciones, bonos o inmuebles urbanos, lo que lo convierte en una pieza distinta dentro del tablero patrimonial. Por último, aparece la posibilidad de un doble retorno: la renta anual del arrendamiento se combina con la apreciación del activo a lo largo del tiempo, que suele acompañar la valorización general de la tierra.
Ahora bien, que la tierra reúna estos atributos no significa que cualquier propiedad rural resulte adecuada para cualquier perfil de inversor. Antes de salir a buscar un campo, es necesario resolver una serie de preguntas previas: qué se busca exactamente, con qué presupuesto se cuenta y qué estrategia se persigue. Solo a partir de esas definiciones tiene sentido comparar alternativas, analizar zonas, evaluar sistemas productivos y sopesar renta, riesgos y horizonte de inversión.
«El primer paso no debería ser elegir un campo, sino entender qué inversión se está buscando. Tener claro el presupuesto, el objetivo y el horizonte permite después comparar alternativas y encontrar una propiedad alineada con esa estrategia», señala Nordheimer.
A los atributos financieros del activo se suman las condiciones propias de la Argentina como país productor. Una topografía y un clima únicos en el mundo, suelos de excelente calidad, capital humano altamente capacitado y el costo de producción más bajo del planeta son factores que, combinados, amplían de manera considerable el abanico de zonas y sistemas productivos disponibles a la hora de analizar una inversión.
Esa combinación de variables, geográficas, productivas y financieras, es la que empieza a correr al campo del lugar que históricamente ocupó, asociado casi de manera exclusiva a quienes se dedican a la producción agropecuaria.
Comprar un campo, entonces, no implica necesariamente cambiar de actividad ni convertirse en chacarero. La posibilidad de delegar la explotación en un tercero, cobrar una renta y conservar un activo que puede apreciarse con el correr de los años explica por qué la tierra productiva empieza a aparecer con mayor frecuencia en la mesa de quienes piensan su patrimonio con una mirada de largo plazo, y con una lógica cada vez más parecida a la de cualquier otra inversión inmobiliaria.