por Marcelo López Álvarez
Mientras la comitiva presidencial desplegaba su discurso optimista en Nueva York, la acumulación de datos sobre la actividad económica comenzó a configurar un escenario sensiblemente más complejo en Buenos Aires. Un desplome registrado en el segundo trimestre, sumado a un desempeño marcadamente negativo en julio, encendió las alarmas sobre la posibilidad de que el tercer período cierre con números en rojo y configure técnicamente una recesión.
Ante este panorama, que incluye un desempleo en ascenso y un renovado vuelco de las carteras hacia el dólar, Javier Milei y su equipo utilizaron el domingo para recorrer programas televisivos y radiales y negar una realidad que los propios datos oficiales reflejan. Para el Presidente no hay crisis, sino un proceso de "desaceleración" derivado de la "reasignación de recursos" propia del modelo.
La mayor señal de alerta, que el Gobierno niega, no provino de ninguna usina opositora ni de consultores locales, sino de uno de los símbolos del sistema financiero global: el banco JP Morgan.
La entidad neoyorquina, históricamente alineada con una lectura favorable al mercado y al Gobierno argentino, remitió un documento a sus clientes en el que corrigió de manera drástica sus propias proyecciones para el año. Aquella previsión inicial de un crecimiento cercano al 3 % fue podada a un modesto 1,5 % "con toda la furia", acompañada por la advertencia de que la Argentina ingresará formalmente en recesión técnica durante el tercer trimestre del año.
El reajuste de Wall Street coincidió con otros nubarrones que enfriaron el entusiasmo oficial. El Banco Central informó que el público volvió a dolarizarse por 3.000 millones de dólares, mientras el riesgo país medido por la propia firma bancaria tocó los 609 puntos básicos en un contexto internacional convulsionado.
Son cifras que contrastan con el tono triunfalista de la gira norteamericana y exponen la distancia entre las promesas de apertura y el estancamiento de la actividad real.

Hasta el J P Morgan y Wall Street advierten de las dificultades del modelo de Javier Milei
Frente al evidente enfriamiento, las explicaciones del presidente Javier Milei buscaron relativizar la gravedad del diagnóstico. En su monólogo del domingo, frente a un muñeco de tela sentado en una silla con el nombre de Luis Majul, rechazó la idea de una contracción generalizada y sostuvo que el país atraviesa una desaceleración en el ritmo de expansión como consecuencia de la transformación estructural en marcha.
Para graficar su postura recurrió a una analogía: comparó la situación con la quiebra hipotética de una fábrica de televisores en blanco y negro y sugirió que resulta un disparate pedir protección estatal o emisión monetaria para sostener sectores que carecen de viabilidad en un mercado competitivo.
El muñeco de tela no puede repreguntar, por lo que nos quedamos con las ganas de saber si la función del Estado no sería crear las condiciones para que esa fábrica pudiera reconvertirse en una de monitores 4K y seguir compitiendo.
Tampoco el muñeco pudo aclararle al Presidente que incluso economistas liberales y ortodoxos que acompañan las líneas generales del Gobierno remarcan que la caída de la producción no responde exclusivamente a una reconversión industrial ni a la obsolescencia tecnológica.
Muchos sectores golpeados no sucumben por falta de competitividad propia, sino ahogados por las variables del plan económico, en particular por el sesgo del tipo de cambio, el incremento de las tarifas de servicios y el encarecimiento de la tasa de interés, factores que arrastran a empresas totalmente viables.
La misma interpretación presidencial se trasladó al mercado de trabajo. Luego de que las mediciones oficiales marcaran una suba de la desocupación al 7,9 %, junto con una expansión del empleo informal y del cuentapropismo, el discurso oficial minimizó el registro.
Según la perspectiva presidencial, el indicador no se distancia de los valores de 2023 y se ubica por debajo del promedio histórico nacional del 9,8 %. Desde la óptica del Poder Ejecutivo, el aumento del desempleo no refleja una destrucción neta de puestos de trabajo, sino un "reacomodamiento de recursos" motivado por una mayor cantidad de personas que ingresan al mercado laboral informal en busca de ingresos.
Nadie pudo decirle que ese fenómeno se produce porque los encuestados por el INDEC salen a buscar un segundo y hasta un tercer "trabajo" para cubrir sus necesidades mínimas.
Al momento de justificar por qué la llegada de inversiones privadas y las contrataciones de personal de largo plazo no se concretan al ritmo prometido, la argumentación oficial se desplaza de la teoría económica al terreno de la especulación política.
El Presidente atribuyó la cautela del sector empresarial al denominado "riesgo Cuca", al afirmar que la eventual reaparición de la oposición, a la que metafóricamente definió como el "tren fantasma", "Drácula" y "Frankenstein", genera una incertidumbre capaz de paralizar las decisiones de capital.
Otra vez, nadie le explica al oficialismo que siempre tendrá que enfrentarse con alguna oposición, sin importar el nombre que tenga, que propondrá un camino distinto e incluso opuesto al suyo. Es la democracia. Es la política. Es la República.
La búsqueda de factores externos para justificar los tropiezos se profundizó al abordar la problemática social. Consultado sobre el incremento de la pobreza, la respuesta oficial la calificó de "foto vieja", producto de la inflación heredada, y derivó el debate hacia denuncias políticas de máxima gravedad.
Se argumentó entonces la existencia de 40 iniciativas orientadas a romper el equilibrio fiscal, siete intentos de juicio político calificados como "intentos de golpe de Estado", y se atribuyó a la gestión la deportación de 10.000 terroristas el año pasado y de otros 20.000 en el transcurso del presente ejercicio.
Ni el realismo mágico latinoamericano de los años 60 y 70 se atrevió a semejante grado de fantasía en el relato.
La recurrencia a eufemismos, como denominar "reasignación" al desempleo o "desaceleración" a la recesión, y la apelación a argumentos estridentes revelan el creciente esfuerzo de la administración por contener las grietas de la narrativa oficial.
Si bien la baja de la inflación se mantiene como el principal activo para exhibir, la estrategia de confrontar con las métricas de las agencias oficiales y de las entidades financieras de Wall Street comienza a erosionar la credibilidad ante el círculo financiero e inversor.
En el análisis periodístico y económico suele señalarse que es posible prolongar un relato mediante apariciones mediáticas amigables y giros conceptuales. Pero cuando las cifras del INDEC, del Banco Central y de analistas de primer orden internacional convergen en señalar una retracción formal de la economía, el discurso político colisiona de frente con los hechos.
Como suele ocurrir en los momentos de inflexión de la política económica argentina, la retórica puede estirarse. La dureza de la realidad, tarde o temprano, termina por delatar las inconsistencias del modelo.